La historia de Ángeles, una vecina de Parque Coimbra, refleja una de las caras más duras del fenómeno de la okupación. Tras alquilar su vivienda a unos inquilinos que dejaron de pagar durante casi dos años, se encontró con una deuda acumulada de cerca de 30.000 euros después de 21 meses sin abonar el alquiler. Finalmente, y por orden judicial, se produjo el desalojo de sus ‘inquiokupas’, pero lo que encontró al regresar a su casa superó cualquier expectativa.
Ángeles describió su vivienda como «la casa de los horrores», ya que había sido completamente vandalizada. Los antiguos inquilinos levantaron toda la tarima de la planta baja y se la llevaron sin dejar rastro, reemplazándola con escombros. Los daños en la vivienda fueron cuantiosos, con muebles destrozados, botellas rotas, paredes arrancadas e incluso una mesa de cristal fracturada, presuntamente con un hacha. La habitación de su hija, con muebles hechos a medida, también fue desmontada, trasladada y destruida.
La situación fue especialmente delicada para la familia, ya que dependían del alquiler para hacer frente a gastos médicos importantes después de que el padre de sus hijas sufriera dos derrames cerebrales. A pesar de explicar su difícil situación a los inquilinos, estos no mostraron empatía.
Tras el desalojo, la familia ahora enfrenta una nueva etapa marcada por la limpieza, la reparación de la vivienda y la incertidumbre económica. Aunque la pesadilla terminó en lo judicial, las consecuencias materiales y emocionales continúan afectando a la familia.
En otro contexto relacionado, familias en Móstoles temen quedar aisladas por el cierre de un acceso a la A-5, mientras que en Alcorcón se han reportado nuevas okupaciones en los bloques de la calle Praga durante la Semana Santa. Esta situación ilustra la gravedad y las repercusiones de la okupación en la vida de las personas afectadas.
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